Crónicas del Olvido
EL CÍRCULO DIFUSO: RAFAEL JOSÉ MUÑOZ
**Alberto Hernández**
En Guanape, Rafael José Muñoz entabló amistad con la muerte. Una interminable conversación con tal señora propició los obituarios a algunos amigos: “Ha muerto cristianamente el señor Jesús Sanoja H.” “Ha muerto cristianamente el señor Juan Liscano Velutini…”, y así hasta él, por eso la muerte no logró sorprenderlo porque ya el pacto había sido realizado.
Al poeta Muñoz lo aporrearon demasiado, le arrancaron pedazos de piel para adornar los brazos de las prostitutas de las dictaduras. Al poeta Muñoz le siguieron los ojos por las calles porque caminaba como bebiendo licores venenosos. Al poeta Muñoz le rompieron los labios porque besaba sólo con silbar. Y así lo hicieron, así lo machacaron contra la corriente de los ríos que vienen de la muerte: “Por aquí va la muerte caminando/ con su pesada carga de cabellos”.
La palabra lo conminó a los abismos. A esa locura que mostraba la luz de la poesía. En la calle lo miraban mal porque “tengo el don de la adivinación. Tengo poderes mentales para detener esa camioneta que no puede golpearme”. Una locura que se traduce en ser distinta a la locura material de sus compatriotas. La guerrilla le enamora con esa cabellera de la década de los sesenta y lo lleva a causar destellos en su casa.
El poeta Rafael José Muñoz, el cómplice de los “3 Soles”, el loco de la palabra envuelto en el círculo del trío de estrellas seculares. Poeta oscuro, difícil y extraviado. Poeta de nadie porque no se pertenece: Nadie tiene una costilla de ángel para atrapar esa demencia, esa divinidad del oleaje. Nadie lo conoce porque él no conoció a nadie. Los satélites lo persignan. Zoroastro lo saca del fondo y lo revienta contra las antiguas rocas de la planicie.
Cuando recogió el barro completo en “El Círculo de los Tres Soles”, con palabras de su amigo Juan Liscano, dijo: “Hoy entrego este libro a la imprenta. Está hecho de visiones. Tocando piedras de iglesias perdidas, lo escribí. El cacho de la vaca, el orín de las estrellas, los chivitos preñados y en cacería, los treinta y siete kilómetros que me separan de Luis Jaramillo, las canéculas del sordo Pérez Marcano, todo eso está allí. Bastaría decir que pelucón, pelucao; pero no; existen otras razones (…) le pediríamos permiso a Machado Zuluaga para ordenar los ojos de una vaca; o trasegaríamos todos los pormenores que exige Remberto. No se puede complacer a todos. Mejor es una pavana para una niña mugrienta”. (...)