Huyendo al Sur

Huyendo al Sur Antología poética

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Serie: NA
Editoras: Fundación Editorial El Perro y la Rana
Géneros: Poesía, Antologías
Autoría:
Páginas: 117 pages
ISBN 13: 9789801428374
Tags: Poesía venezolana
Language: Español
Dueño: Donado por Dimis Antonio de Brito
Notas extras: NA
1. Para el visitante de la región central Coro es compleja, entraña pesos fuera de costumbre, tiene como una noche aún más densa, y la gente que es de allá la lleva por dentro todo el día. Habrá que caer en el ridículo terreno del oxímoron, de la hipérbole, del cruce de fuerzas, pecar de arjonismo y tener que hablar de una gente -cuando deja ver parte de eso que cargan todas las personas que he conocido que viven allá y que se ocupan de ir más allá de sobremorir- y decir estupideces de la laya de noche luminosa, densa sequía -el cliché del desierto era inevitable, pero incompleto-; habría que hablar de vigilia mítica y una vaina no sé qué raigal que para nosotros los centrales, tan caribes igual en la sensibilidad, la gritadera y la muerte, se nos hace aún más pesado, antiguo, “que viene de antiguo”. Y claro, Coro es la primera ciudad del continente (y que perdone Dios y el cumanismo me perdone), Coro carga la primera cicatriz, en Coro esa noche-caldo de cultivo se aferró a ese punto en que todo se interrumpió y le quedó la noche germinal (la noche en pleno día que metaforizó Atahualpa en la sierra andina). Noche de grieta y resolana que exige sapiencia de abuela para ver si se logra dimensionar. Así de raro y arriesgadamente cursi de pensar. El desgarro más longevo con registro blanco del país. Coro es una autopista al pasado más hondo, insisto, cuando se deja ver.
Y a la vez, según lo testimoniado, Coro es la mera bisagra de un cordón umbilical más extenso que amarra la sierra con el borde último de la Venezuela continental, en campo descubierto, Coro abre su propio camino de entrada y salida; todavía pervive el corredor caquetío que se oscurece en el camino y pasa hacer la entrada de una nación de zambos, una cartografía propia y rebelde. Pero en la misma base de fuerza está también el enemigo que también contiene, con las mismas características primarias: del centro hacia afuera, la ciudad va narrando el antidesarrollo, y de los restos de esplendor de casa antigua y callejón apretado, pasa al desastre urbanístico disgregador, al salto traumático entre una Venezuela y otra conforme van cambiando sus motores económicos. Del caserón de barro al bloque unificado, a la barriada horizontal y deprimida, la historia del capitalismo deforme. Y sus miserias: el abuso policial, el secuestro de las claves para interpretar su propia densidad relegándola al tedio mortal, su valor secundario en la circulación de mercancía a pesar de ser punto de reunión a campo descubierto. Con sus agentes de “la muy noble y no tan leal”, Coro también tiene sus hijos de puta, que no serán el objeto de este segundo asedio a la poesía de Antonio Robles, coriano quintesencial. El primer round fue Callejón X (que este su servidor hizo el prólogo y editó a destiempo) en 2007, y la celebración de entrada apuntaba a la irrupción de una poesía prole sin tutela, al componente malandro-chamanístico, al descontento periférico y su propia luminosidad. Siete años después no vamos a hablar de lo mismo.
2. Antonio Robles encarna esa noche encandilada. Verlo en Coro es una lotería administrada por él mismo. Coro es fantasmática porque sí, los espantos son viejos y mientras más al centro te acerques más se nota. Y el hombre actúa así, aparece puntualmente cuando aparece y se va sin avisar cuando se tiene que ir. Nunca se sabe. Pero cuando no aparece se excusa, y cuando aparece ejerce ese código de honor hospitalario que allá se tiene (escribo en Caracas), ese honor sólido y austero, inamovible en sus puntos neurálgicos. En esas tropelías Antonio nos ha acompañado en las jornadas suicidas cuando investigábamos sobre los duendes en la Sierra o los experimentos de Ibrahím López García; en la leedera con cocuy de alto octanaje y poesía por los lados de Garcés con Buchivacoa, en esa pea de “viento seco”, y logrando entender, por estar en la zona, el “una cabra sin ojos cruza el viento” de Rafael José Álvarez. Porque para conocer el territorio de un lenguaje, así poetas como Álvarez y Robles sean embajadores de su tierra, hace falta estar ahí, en ese punto donde todo eso se cruza, “sin ojos” (oír es una forma de ver, o algo así, decía Alfredo Molano, y aquí vale también un viceversa: ver es oír).
3. Hijo de ningún apellidote, estudiao “para que los académicos no crean que son los únicos que estudian”, ese fantasma a contraluz, Robles por prole es receptáculo eficaz de ese mundo que borra el ruido frívolo del aparato de la cultura mercachifle (en la avenida Manaure hay una tienda de ropa que se llama “Anorexia’s: tu estilo”), y por esa situación de cargar sólo con su apellido y la herencia prole de sus padres, Robles enuncia desde los márgenes, se acentúa él mismo lo paria, y en términos estrictamente literarios asume esa línea disconforme que tiene rostros visibles (como Gonzalo Arango), que se refugia en Bukowski y la aventura de los beat (particularmente Kerouac), que encuentra en Roger Herrera el cruce de la mística al malandreo, y porque esa noche de barrio que no es la “noche oscura” de la mística española (en Robles no hay horror vacui) sino la noche cargada, fértil, desastroza y americana. Pero por más que lo intente, es la inocencia y el sentido de la aventura la que puede prevalecer (otra vez esa extraña forma de luminosa oscuridad) ante un mundo de mierda. Entonces, la resistencia (esa manoseada palabra) se enuncia conservando la mejor instancia de rebelión: la infancia.
4. Pero si eso describe algo de los adentros, hacia los afueras Robles describe dos puntos centrales en el transcurrir de la poesía hoy por hoy: 1) la inserción en los circuitos de consumo literario de una poesía hecha desde los abajos sin mediación y 2) una línea fértil que en su veta ya en este momento produce su primera crítica de algunos de los que ahora escriben. Cada poema nos presenta una explosión de conocimientos, son claramente visionarios, a partir de uno se viene toda una gran fuente de información (...) la condición del poeta como vidente, capaz a través de la decantación lingüística del asombro al percibir-interpretar los textos y las imágenes que componen los entramados del imaginario jíbaro” dice Miguel Antonio Guevara (de Barinas). “El malandreo iluminado, en el caso del poemario de Antonio Robles (habla de Callejón X), consiste en una tendencia estética-ideológica que integra, de forma compleja, en un solo sistema poético, la violencia, el tono y la ironía del contexto marginal de la calle, (el denominado lumpenproletariado), a través de neologismos, extranjerismos, palabras del dialecto malandrizado del narcotráfico y el léxico coloquial, con un lenguaje poético místico y profético en delirio, para denunciar y/o criticar la institución de la poesía, la academia y la burocracia  (la ciudad letrada); asumiendo, al mismo tiempo, la voz poética, una postura romántica y vitalista de chamán y proletario a la vez, o bien,  de vagabundo trascendental que está al margen de todas las manifestaciones, menos del espíritu”, dice Daniel Arella (Mérida). Ambos poetas, ambos muchachos problematizando el quehacer hoy por hoy, ambos los primeros en pensar la poesía de Robles sin tanto oropelito de unos cuantos con tiempo en la pista. Arella y Guevara dejan bien claro que la ciudad de la bronca no es precisamente esa impecable ciudad de la furia.
5. Una poesía que ya asoma su propia crítica, su propio asombro y fascinación. Y tanto Guevara como Arella coinciden y desarrollan ese lugar de violencia lexical de la poesía de Antonio, el desafío callejero de pobre, el señalar por contraste que algunas zonas de la disconformidad y el desafío prole, al pensar las instancias del desvarío, la visión, el chamán, todos atributos presentes. Pero “jíbaro” es la voz puertorriqueña para designar al campesino. Y esa vegueridad habita dentro de la coraza del lenguaje y la coñiza dialectal que Robles emplea. También habla sonoro el campesino desruralizado. Expropiando al lenguaje, procesando horas y horas de aire de basura televisiva y psicología de cine millonario, entre un embate y otro se refleja ese dato hereditario y a la vez actual, que en tiempos de chavismo Ramón Mendoza ha llamado la intracultura. Esos adentros presentes e históricos que albergan más alternativas reales que cualquier formulario medio dialéctico. Porque en el centro de esa coñiza sonora, se preserva, repetimos, la infancia, el viaje infinito, el no volver a la casa todavía porque hay que regresar dando la vuelta. “En el espíritu de Charles Lindbergh”, de Bronca city y presente en esta selección se sintetiza justamente esa fascinación del niño, único capaz de rebelarse según César Vallejo. Curiosamente, esto lo sostenemos con el poema menos descriptivo de lo que convencionalmente identifica a Robles. 
6. Pero, y nos contradecimos, ese mismo sentido de aventura también narra la expoliación y la lejanía forzada. El símbolo del Sioux, del beduino, del espíritu marino de los viajes de Salgari, el fijo asombro (en eso se parece a Gustavo Pereira, en esa aventura de la infancia). Porque inocencia no es ingenuidad. Y así como preserva esa sombra, hasta la poesía amorosa de Robles puede llegar a ser fantasmática, ella siempre se está yendo, está de paso, es la más buscada. El abandono es mutuo, la pasión está en la búsqueda: “Y las olas del Atlántico norte la llevaron más hacia / el oeste, tan lejos que ya sus pies descalzos caminaban por / la rivera de la Bahía de Hudson”. El amor es un trastorno geográfico.
7. Entre estos embates, entre tanto cruce, de esta selección sólo podía encargarse el mismo Antonio Robles. Yo propuse reunir toda la obra, él declinó y prefirió resolverlo él mismo (y menos mal). Antonio una vez más asumió el riesgo y falconianamente asume su responsabilidad: en este libro se cruzan los tonos callejeros encabronaos, las aventuras de brújula choreta y millones de kilómetros, las nuevas aproximaciones que representa “El consejo de los brujos”, donde ha ido reuniendo la instancia más diáfana y espiritual, poniendo más densidad sobre cada palabra, explorando otra zona de la misma visión. Yo por eso apenas menciono o cito algún poema. Él se defiende solo, él mismo en HD.   
                                                                                                       Diego Sequera


Fuente: caminodepoeta.blogspot.com.


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