Antonio Trujillo escribe la palabra breve. Pretende, tal como Holderlin, que su palabra sea sagrada. No toda palabra vale. ¿Con qué derecho –pregunta el poeta- hacemos surgir otra palabra distinta, de un bosque que tiene la suya propia? ¿Con qué derecho la tala y el desierto creado, para una nueva palabra? Sólo si de Dios es –responde. De ahí el temor sagrado, o la página en blanco, reliquia adorable.
Antonio proclama su arte poético: este no estriba en la forma, en los recursos literarios, ni siquiera en la precisión de la palabra o el ritmo musical, sino en lo sagrado de la palabra, en su trasunto de sueño, de visión celeste, en su vuelo de pájaro.
La obra Ballestía expresa una y otra vez la agonía –en el más estricto sentido etimológico- de la palabra. En su mismo nacer es ya agónica, duélica. El uso abundante de las expresiones condicionales, las preguntas que se desgranan a lo largo del poemario, la presencia de la luz y la sombra, la astilla que perturba, la página en blanco retadora, e incluso las breves narrativas (el hombre arando con sus bueyes, o la anciana que visita el cementerio el día de los difuntos), concurren todos al tono épico que permea el texto final.