Poesía para presidentes

Poesía para presidentes

0.00 Avg rating0 Votes
Serie: NA
Editoras: NA
Géneros: Poesía
Autoría:
Páginas: 141 pages
ISBN 13: 9789801286301
Tags: Poesía venezolana
Language: Español
Dueño: Donado por Cecilia Ortíz
Notas extras: NA

Si toda lectura suscita una crisis, ésta que he repasado varias veces del libro Poesía para presidentes, de Enrique Mujica (edición de autor, Valencia, Venezuela, 2016) es apocalíptica, caótica, peligrosa. Y digo peligrosa por lo que tiene de límite, toda vez que lleva al lector al extremo de un terrible agotamiento por la preocupación de quien se lanzó a escribir estas páginas que me atrevo a comentar.

Son 140 páginas de idas y venidas. Son 140 páginas de pesadillas recurrentes que el autor escribió para liberarse de las suyas. Pesadillas que rozan el fin de todo. O el comienzo de algo que no sabemos qué es. Es un libro hondamente pesimista. Rodeado de fantasmas, tan reales como que el mismo Mujica no encuentra cómo leerlos, cómo descifrarlos.

Es un libro dirigido a un destinatario que tiene poder. A un Presidente. Al Presidente, a quien esté a cargo de esa responsabilidad. El presidente puede ser el lector como puede ser cualquier mandante que tenga en sus manos el destino del mundo.

Enrique Mujica se enfrenta al poder de un lenguaje. Y así lo dice:

El Engañador Supremo, que no es ni Dios ni hombre. El lenguaje dirige desde allá Afuera, con la avidez del diablo, la fábrica del mundo, y la dirige con el solo Deseo Eterno de que haya más Mundo, más Entusiasmo.

Me he sometido a estas páginas como un sujeto que ve el amanecer con los ojos cerrados. Porque se trata de un libro angustiante, donde el miedo tiene un lugar para quien se atreva a retarlo. Yo no lo reto. Le temo al miedo. Le temo a los libros que me sujetan de la mano y tratan de llevarme a un lugar oscuro, silencioso, terriblemente humano. Pero éste tiene más en el fondo: no es humano. A pesar de las reflexiones que Enrique Mujica vierte en él, siento que el autor, el poeta que conocemos, se ha topado con la ingrimitud, con una terrible soledad que lo condena a cargar la piedra de Sísifo. Pero el conocido personaje del mito viene de otro lugar, de un espacio que determina el extravío, la pérdida y la esperanza. Insiste en cada capítulo debidamente numerado en el destino que nos tocará vivir, el final que nos tocará mirar desde nuestra comodidad como sujetos domados por el temor, el miedo y la incertidumbre.

 

2

Enrique Mujica ha sido un hombre de aulas universitarias. Ha sido un hombre de la poesía. Ha sido un militante de la política desde una posición que ha incomodado a muchos. Ha sido un hombre de la música. Ha sido un hombre del campo llanero. Ha sabido además defender sus ideas casi en silencio. En esta ocasión es un hombre descreído, no quiero decir amargado, porque no lo está. Es un Enrique Mujica lleno de voces que lo martillan. Así lo he sentido en estas hojas que he leído.

El autor ya no cree en lo que ve, en lo que lo consume.

En otra de sus ideas, afirma:

Los poderes fácticos de la Tierra, fundados en el desconocimiento absoluto del Gran Poder del Lenguaje, han soslayado despectivamente, ingenuamente, a la Poesía, a la que han visto como un pequeño invento de artesanía y capricho.

La certeza de esta afirmación nos centra un poco. Nos aleja un tanto del temor y coloca nuestra atención en ese “algo” que el autor ha llevado siempre con él. En tal sentido, Mujica abre una ventana, se permite un instante de calmosa lucidez para exclamar que existe la posibilidad de que aún podamos tomarnos de algún resquicio para no caer.

Y para sustentar lo anterior, añade:

La poesía sería entonces finalmente, en esencia, la religión del desengañado, de manera que la lucha política, el progreso y la concepción equivocada de la bondad, vendrían a ser entonces, a la inversa, lo que hasta hoy han sido: pequeños inventos de la artesanía y del capricho.

 

3

Quiero entender que el poeta, el ciudadano Enrique Mujica se siente alejado de esa bondad que tuvo en la ideología su lecho. El desengañado, el hombre que afirma que la política es un artilugio que se asume como una ilusión, como un gancho para relevar la realidad humana. Es decir, el autor ya no cree en lo que ve, en lo que lo consume.

Si bien la Poesía es su destino, como siempre lo ha sido, tiene en el conocimiento, en el pensamiento, en el pensar, una suerte de obstáculo para llevar adelante el sueño de la palabra como fundación, como poética. De allí que el hombre de poder sea el inventor de una “máquina de hacer chorizos, de hacer filosofías”.

El caos, en consecuencia, rodea el mundo de quien lo nombra en estas páginas. Pero deja ver también el acoso interior que se mueve con el poeta.

El mensaje dirigido al Poder no es más que un desahogo, hasta un arrepentimiento, una hoja de servicio que ha quedado vacía, rota sobre la mesa de trabajo.

Una actitud frontal contra la carrera armamentista, controlada por los militares. Una desolada actitud frente a una “guerra vieja” donde “socialistas y liberales” calificados de “bandos civilizados” se caen a pedradas. Con la mirada atenta de los anarquistas que esperan cualquier descuido para adueñarse de lo poco que pueda quedar. Al parecer, nuestro autor se pasea por las calles de este pequeño mundo llamado Venezuela.

Y así:

Comienza el gran hacinamiento de los contendores, desde los socialistas puros, que abogan por imponer un número exacto a la ventolera de flatos que cada quien expele por la mañana, hasta los liberales absolutos que ven en cada hombre un Robinson Crusoe. (Los anarquistas quieren circular por el canal izquierdo de la autopista).

La crítica, sustantiva en tanto muy cercana a todo esto que vivimos, se expande a otros estamentos, a otros mundos, a otros espacios. Habla el autor del “Fin de la Historia de la Guerra Vieja”.

¿Coincide con aquel Francis Fukuyama que escribió El fin de la Historia y el último hombre?

 

4

Mujica no culpa a nadie. Pero no deja de hacer responsable a todos de la destrucción. De la bondad y de la ignorancia. Y destina estas ideas a que “lo más desastroso es que la guerra ya no cabe en el mundo”.

Una idea que redondea casi todo lo que va en el libro: “Las redenciones ofrecidas desde las ruinas del optimismo ya no soportan el cataclismo de los días”.

Califica su escritura, estas ideas, como “un antilibro”, en el que destaca que el engañador no es un humano, ni dios ignoto, que se trata de un ser omnipresente.

El Engañador, como califica al Lenguaje, al Poder, “naricea en exceso al fundamentalista socialista y otras veces al fundamentalista capitalista”.

Y para justificar todo lo anterior: “Las ideologías están agonizando. De seguir la farsa, una inminente nada quemará la historia y quedarán las piedras”.

El apocalipsis. La anarquía. La esquizofrenia sígnica. La política llega a su fin, porque “El nariceo socialista repite las ignorancias y el nariceo capitalista las multiplica”.

“El infierno del Lenguaje” anuncia el fin. De esta manera, Mujica continúa: “Y sépase que no hay ideología ni capricho filosófico en todo el espectro político de la Historia que no se estrelle impotente contra tamaña conflagración planetaria”.

Califica su escritura, estas ideas, como “un antilibro”, en el que destaca que el engañador no es un humano, ni dios ignoto, que se trata de un ser omnipresente “que también necesita alimentarse y perpetuarse…”.

Las ideas se revuelven. Acosan al lector. Lo hacen parte de la confusión, del deslave que anuncia quien continúa en “otro tiempo”.

 

5

El ánimo del lector flota frente a la nada. Frente a estas líneas que siguen anudándose.

En el epílogo Enrique Mujica resume mucho más su angustia:

Qué habremos de construir con la nada que nos queda. En qué órbita de poesía se sostendrá el mundo. Qué desmoronamiento, sin explosión, le aguarda a las pirámides, a los arcos de triunfo, a las columnas trajanas, a las murallas milenarias, esos ladrillitos tristes, aglomerados por la ansiedad humana, por la miserable hipocresía de la guerra. Cuándo habrá de comenzar, aún sobre la tierra destrozada por las armas, la vida inédita.

Estas preguntas sin signos de interrogación, a la larga, quedarán sin respuestas. Aún no están listas para aparecer.

Sí digo: en este volumen de Enrique Mujica está toda la locura que hemos acumulado, la que él lleva a cuestas como una representación, como una eidética, como una traslación. Como lo que somos: una gran confusión. Una insania con zapatos.

PD: El título de este libro de Enrique Mujica podría parecer chocante, pero como su contenido también choca contra todo, me parece ajustado que también choque con el lector.

Fuente: letralia.com.

Comentarios

Required fields are marked *. Your email address will not be published.