Una cartografía de la insolación

Una cartografía de la insolación

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Serie: NA
Editoras: Club Hem Editorxs
Géneros: Antologías
Autoría:
Páginas: NA
ISBN 13: 9789873746055
Tags: Antología argentina, Libros dobles o a cuatro manos
Language: Español
Dueño: Team Poetero
Notas extras: NA

Libro doble con "Noticias de la Belle Epoque" de Mario Arteca. 


Prólogo escrito por Reynaldo Jiménez para el libro “Una cartografía de la insolación”, de Ana Claudia Díaz.

Mientras parece aún vigente el decreto de abolición de las cualidades imaginarias de la poesía en pos de un realismo diurno, de dureza industriosa y mano única, no dejan de surgir inminencias mucho más felices de alteridad poética. Tal ocurre en Una cartografía de la insolación, entrega de Ana Claudia Díaz que en sus momentos de mayor acierto disemina un tipo de imagen verbal con consistencia distinta. Resurgencia superviviente en línea directa aunque sinuosa y consecución proteica del lenguaje imaginante. Imágenes que allegan estratos simultáneos de lectura, no sujetas a una interpretación meramente descifradora: la tempestad/ su voz malabarista/ es un molino de opio que galopa/ destellando meteoros/ se vuelve un ópalo de fuego/ un volcán nocturno y les amapola los huesos (…).

En el fragmento la posición sonora (molino-opio-galopa-ópalo-amapola) entona el despliegue de para-oralidad que traspasa lo que en otras circunstancias hubiese permanecido enfrascado en la descripción y cuya secuencia eclosiona hasta el punto de ebullición neológica, incomprensible quizá para el sentido autodenominado común, ahora minado por adyacencias musicantes del propio desplazamiento fónico y semántico (lo uno en lo otro). Apenas un ejemplo en una serie pletórica de casos similares, que no implica apenas complacerse en la evidente destreza de su autora sino que arrastra la verbalidad hacia el resplandor intrínseco en que todo imaginario se sustantiva por fuerza natural en ese movimiento, por cierto arcaico, que subyace a la pulsión neológica. La alusión a la sustancia alteradora de la percepción encuentra anexacto cauce en ese desplazamiento eminentemente meteórico. Lo nombrado está siendo en el despliegue de la imagen, la enunciación promueve gerundialmente el acontecimiento que enuncia.

Así la verbalidad poética implica una vez más un tipo de experiencia ampliadora, que no restituye lo descriptible como límite a lo real ni consagra las fijaciones posesivas de la mentalidad, pues plantea una especie de felicidad creadora afín al deseo lúdico, intensidad que no es reflejo sino indagación, sin remisión a hechos demostrables o sucesos consumados, afectando la sintaxis. Aquel decreto de inanidad de la más ínfima extrañeza en las poéticas supuestamente argentinas de un par de décadas atrás (prejuicio todavía muy asentado, vale decirlo, sobre la fácil entelequia de una preexistencialidad condicional con su razón teleológica, ajena al presente del poema) se ve sobresaltado aquí, por la fortuna incondicionada del matiz imaginario, el cual no podría ser, incluso, más explícito en cuanto poética: signos que parecen espejismos/ ecos del salvaje fuego de algún volcán/ divinas llamas amarillas que dibujan las sombras de la selva/ y sus compases// (…) manuscritos que se labran en las profundidades de las aguas (…).

Por otra parte Ana Claudia expone en el índice de su cuaderno los toques referenciales de un recorrido de lecturas inspiradoras. Expone así su apetito lírico, coordenada variable en la oscilatoria lectoescritora; sin embargo los textiles resultantes distan de sus objetos de referencia. La autónoma aparición en brote resignifica de todas maneras la imagen irreductible, puesto que la transposición melódico-imaginal del motivo originante (adivinable apenas en alguno que otro detalle) se aviva sin ataduras de estilo ni temor al lirismo utópico, atemporal (ni “vergüenza de metáfora” ni “complejo de metonimia”) sin renegar de su inherente manierismo (en el sentido de Bataille: procura de la fiebre). Ninguna imitación de realidades previas al poema, sino la duda/ como un adorno/ de una secuela pasajera, el desatino/ como millones de tálamos trémulos/ que se templan con la temperatura del azar/ y siguen en pie/ para no decaer olvidados/ entre las cenizas del monte/ y sobre el polvo, ingenua/ la conversación.

Quizá porque aquí insolación puede asimismo implicar un cierto ánimo soledoso, aparte del dudar implacable, del efecto fulmíneo de quien (des)aprende a escribir a medida que se interna en una posibilidad de escritura, manera de transleer escribiendo. Alteración discipular y asociativa (aprender del propio juego inventándolo) que se prodiga gestualmente, a nivel de los elementos formales e informales constitutivos, con la simplicidad ancestral de la payana. Tomar palabras como piedritas que se jueguen lo instantáneo, acaso incapturables en una curva de braille.

Imágenes que nos miran porque tocantes, enhebrando la persistencia, leve de una criatura tratando de sacar la cabeza del agua/ para respirar en medio de una fuente.

reynaldo jiménez, febrero 2015

 Fuente: clubhemeditorxs.wordpress.com.

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